Una punta que ya había ganado una pelea
La punta se llama Five Mile Point y en los años setenta alguien intentó poner ahí un parque eólico. El viento resultó demasiado para las máquinas de la época y el proyecto se abandonó. En 2000, con Bandon Dunes recién abierto y funcionando, Mike Keiser y su socio Phil Friedmann compraron las cincuenta hectáreas de la punta por cuatro millones de dólares, mitad y mitad, sin anunciar qué pensaban hacer con ellas.
La cancha que no tenía routing
Lo que hicieron durante los quince años siguientes no tiene equivalente en el golf de resort. Tom Doak y Jim Urbina dejaron trece greens sobre el terreno: sin riego, sin fairways marcados, sin vuelta prescripta y sin tarjeta. El invitado elegía su propio recorrido entre esos trece objetivos y las ovejas hacían el mantenimiento. Doak propuso convertirlo en un club privado con alojamiento propio; Keiser lo rechazó porque un enclave cerrado mirando desde arriba a su resort público iba a generar exactamente el resentimiento que él había construido su negocio para evitar. La oposición vecinal a un desarrollo nuevo terminó de congelar el asunto.
En octubre de 2016 Keiser anunció que la punta iba a ser una cancha de largo reglamentario. El proyecto pasó primero por el nombre de Gil Hanse y terminó en manos de Coore & Crenshaw, que ya habían firmado Bandon Trails y el Preserve. La cancha abrió el 1 de junio de 2020 y conservó el nombre viejo. Del Sheep Ranch de Doak no queda un solo green en juego.
Fescue, viento y nada de arena
El terreno entregó materiales que terminaron adentro del trazado. La cantera de la que salió la arena para construir la cancha es hoy el cráter donde está el green del 11. Un tramo de Whiskey Run Lane, el camino viejo que cruzaba la punta, quedó incorporado al green del 15. La ida tiene tres par 3 mirando al océano —el 3, el 5 y el 7— y se juega en 34; la vuelta acumula tres par 5 y se juega en 38.
Se camina, como en todo Bandon: caddie, carro de mano o la bolsa al hombro, y nada de carritos. Los greens abren de frente y el fescue está firme casi todo el año, así que el juego rasante no es una opción estética sino la forma sensata de entrar cuando el viento sopla de punta. El clubhouse propio, en cedro de Port Orford, sirve cocina irlandesa rápida y abre media hora antes de la primera salida, pero cierra cuando el último grupo del día pasa el green del 11.