La cancha que encargó un ferrocarril
Cruden Bay no nació de un grupo de socios. La encargó en 1894 el Great North of Scotland Railway, que necesitaba un destino al final de su ramal: levantó un hotel de granito rosa al borde de las dunas, lo unió a la estación con un tranvía eléctrico y le puso una cancha al lado. Todo abrió en abril de 1899. Para inaugurarla el ferrocarril armó un torneo profesional con premio en efectivo, y lo ganó Harry Vardon. Se jugó otras tres veces, en 1909, 1911 y 1914, y por acá pasaron J.H. Taylor, James Braid, Ted Ray y George Duncan. El hotel fue requisado durante la guerra y terminó demolido. La cancha siguió, y el club del pueblo se quedó con ella.
El trazado original lo firmaron Old Tom Morris y Archie Simpson, el profesional de Royal Aberdeen que también dejó su mano en Murcar y en Peterhead. Medía 5.290 yardas y para 1908 ya estaba en 5.929. La vuelta que se juega hoy es de 1926, cuando el club convocó a Tom Simpson y a Herbert Fowler.
Dunas de una escala que Escocia casi no repite
Lo primero que sorprende no es el diseño: es el terreno. Las dunas de Cruden Bay son más altas y más anchas que las de la mayoría de los links escoceses, y el trazado las usa en forma de ocho, con el giro hacia el centro de la propiedad en el tee del 5. Eso produce subidas largas y miradores: desde varios tees se ven a la vez los hoyos que quedaron atrás y los que vienen, y al norte se recorta la silueta de Slains Castle. Tom Doak recomienda a los estudiantes de arquitectura estudiar este routing por cómo toca cada punto alto de la propiedad.
El tramo del 3 al 7 es el más citado. Arranca con un par 4 corto y ciego, sigue con el par 3 sobre el estuario, y desemboca en el 5, que mide 509 yardas desde las bochas azules, es par 4 y tiene stroke index 1 contra el viento dominante. El 6 es un par 5 de tres golpes con el burn cruzado. El 7 sube a las dunas con una aproximación que el club no puede hacer más fácil sin mover media colina.
Lo que no se ve también es diseño
Cruden Bay tiene tiros ciegos y no los disimula. El 14 termina en un green hundido entre dunas, una bañera que no aparece hasta que uno llega arriba, y el 15 es un par 3 de 195 yardas donde desde el tee no se ve ni el green ni la bandera. Son las dos cosas que ningún comité de diseño moderno aprobaría, y son las dos por las que la cancha entra en cualquier lista seria. El club maneja los tramos ciegos con marcas en el tee que indican la posición del pin y con señales para los grupos de atrás.
Se camina entera, y no es una preferencia: el club no ofrece buggies, ni siquiera con certificado médico. Los visitantes juegan los siete días, con los fines de semana solo a la tarde, y el club pide certificado de handicap. La tarifa de 18 o 36 hoyos incluye nueve en la St Olaf, el recorrido corto que Simpson y Fowler rediseñaron el mismo año que este.